domingo, 22 de enero de 2012

Sentimientos chamameceros...

Por Lucía Magdalena Acevedo

A las veintiuna llegué a Patagonia y Sarmiento, soy el hombre de populosos bigotes. Sabía que era momento de euforia guaraní, había terminado de leer la genealogía del Carau y me quedó grabada la presencia de Pomba, en la vida del supuesto Carau. La semana del chamamé estaba en su esplendor, me interesaba Pomba y no dejaría de buscarla hasta el hartazgo, hasta vaciar la última cerveza si era necesario.
Pensé, aunque no quería decirlo a voces, que la nieta del Pombero, Pomba, estaba por alrededor del Anfiteatro. Me acuerdo que el año pasado, contó que se sentaba sobre la cisterna del Playón de las ciento sesenta y ocho viviendas. Mencionó que, entre picaduras de mosquitos y olor a basura, hablaba y se entendía con los perros. Dijo ser la mujer del afuera. La mujer, nieta del Pombero, nunca era invitada…



Una noche guaraní
de guitarras y de canto
tú no me quisiste a mí
y yo te quería tanto.
 
Me sedujiste… arrugaste mi corazón… y me inquietaste a buscar, a encontrar, a interrogarte…


Intenté refrescarme y observar, el calor era intenso. Busqué la frescura de un bar callejero y me abandoné frente al Anfiteatro, sólo intentaba escuchar. Mi cuerpo entero, abstraído entre mis profundos sentimientos y la música que guiaba, cerré los ojos y transité las notas y cada letra de Paloma Blanca que colaboraba con mi empresa de encuentro.


Mi ser es tuyo, encantadora mujer:


Oh, qué maravilla,




Una noche guaraní 
Llena de embrujo y de canto 
Yo me enamore de tí 
Y tú no me hiciste caso. 




 Mi cuerpo retraído, casi doblado. Mis pies dolientes de caminar siempre en contra. Mi brazo apoyado en la mesa y mi gorrito intentaba encubrir mi identidad. Con los labios apretados…Era trágica la espera.




Sentía el misterio de la búsqueda, de la mirada, de la otredad de la mujer. Buscaba el oikos, el interior, la habitación de Pomba.


Abrí mis ojos, para ilusionarme. Carraspeé mis dedos, buscando encontrarla sentada frente a mí. Al tiempo, sentí una suave caricia en mi pierna.


Era un hombre!.


Sentado a mis ojos, un jóven de aproximadamente treinta años, el birrete en su cabeza, anunciaba su identidad: la Pantera Rosa. Había puesto su mano sobre mi pierna, sin ser invitado estaba tomando de mi vaso. No necesité preguntarle. Estaba allí con su bicicleta rosada, apoyada en el respaldo de una silla, con los parlantes incorporados al rodado. De allá provenía:


Y te fuiste al amanecer 
Sin dejarme ni la esperanza 
De poderte volver a ver 
Ingrata paloma blanca.


No me dejaba de acariciar…y con una leve presión de sus dedos en mi pierna, me dijo “me gustás petizo”… Soy la Pantera Rosa.


Sus deteriorados dientes sonreían dentro de la boca. Me ofreció ayudarme a olvidar. Me dijo que el daba y no recibía. Me habló de su entera solidaridad de dar solamente. De atender mi interior...


No pude responderle…Solo me levanté absorto.


Repitió, una y otra vez… “me gustás, yo siempre doy, siempre me encontrarás aquí, con mi bicicleta rosada y con la música:”


Donde vayas te seguiré
Donde vayas te encontrare
Donde quiera que tu vayas
Allí siempre yo estaré.


Volví a casa, caminando de espaldas. Traginando, lloré hasta desfallecer.


Abrí la puerta de mi habitación. Acomodé mi enorme y larguísimo miembro viril que llevaba enrollado a la cintura. Me quité la remera rosa y no tuve más, que dormir…


El Curupí


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