viernes, 17 de diciembre de 2010

Año 99 Memoria y Sentido

¿Qué quedó del año 99? Es una pregunta recurrente entre quienes entendemos que la memoria nos hace partícipes de una historia. La respuesta simple es la impunidad en relación a los dos jóvenes asesinados en las inmediaciones del puente aquél 17 de diciembre, además de los más de 30 heridos de bala calibre 22 (de uso oficial en entrenamientos de gendarmería). Pero una serie de sucesos irrumpen para fracturar la ingenua lectura retrospectiva, el primero tiene relación con la nómina de actores políticos que eran impugnados por el pueblo en el año 99 y que sin culpas fueron retomando posicionamiento en el escenario público para, progresivamente, revalidar títulos en sucesivas elecciones. ¿Qué fue lo que pasó? ¿podemos atisbar alguna respuesta?

Ciertamente podemos intentarlo, nos lo debemos a nosotros mismos, y perdóneseme la primera persona del plural pero en política nada pasa, lo hacemos, como quien emprende la urdimbre de su cesta, cada punto y vuelta fue adrede. Pero cuidado, también es un hecho que quien más puede más debe. Son los dirigentes encumbrados quienes pactaron nuestro destino de pobreza; el núcleo de coincidencias sobre “el devenir” que “ya fue” se apoya en el terror de los cuerpos insurgentes del año 99 doblegados por la represión de los rompehuesos de Chiape que recordaban el viejo terror de los militares en la dictadura. Los fantasmas de aquél tiempo muerto disciplinaban los sueños del emergente igualitario y libertario que gritaba dignidad en las plazas, rutas y puente de Corrientes.
La impunidad encierra más que ésos muertos y heridos, esconde la advertencia policíaca de alerta contra el pensamiento revolucionario, pretende ser el acuerdo implícito entre los poderes que atraviesan y tensionan en la sociedad de la cual somos parte y que para liberarse es condición previa liberarnos unos a otros, de otro modo sería como tirar de un pequeño hilo de la trama, pues veríamos fruncirse el paño sin obtener la exposición de la hebra, que por otra parte, de poca utilidad sería individualmente.
Entiendo que pedir justicia es creer en el Estado y sus instituciones, es reconocer que desde allí se puede fijar sentido para las nuevas generaciones, es intentar que el consenso sea sinónimo de verdad. Pedir justicia es un acto de fé.

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