jueves, 14 de octubre de 2010

El inexorable camino del último nieto recuperado hacia su propia identidad

El caso de Ezequiel Rochistein Tauro revela detalles inéditos del sistema de apropiación.

Estela de Carlotto anunció el 20 de septiembre en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo la identificación del último nieto recuperado. Se trata del hijo de Marcela Graciela Tauro y Jorge Daniel Rochistein, secuestrados en 1977. Lo cierto es que el caso posee una suma de características particulares, puesto que su protagonista –hoy un hombre de 32 años– se negó en su momento a efectuarse las pruebas de ADN, pero ahora de una manera gradual asimila con entereza el proceso que supone la recuperación de su verdadera identidad. Por esa razón, Abuelas no quiso difundir el nombre del joven ni el de su apropiador. Sin embargo, alguien –se dice que un abogado que alguna vez estuvo vinculado a la causa– filtró tal dato a la prensa.

Tanto es así que una semana después, el diario El Mundo, de Madrid, bajo el sinuoso título “Otro hijo de la guerra sucia”, señaló que esta víctima del terrorismo de Estado fue bautizado por sus apropiadores como Ezequiel Vázquez Sarmiento. La nota agrega que él en la actualidad “es un abogado ambientalista que trabaja en la Fuerza Aérea como empleado civil, según fuentes judiciales”. Ese mismo artículo fue reproducido por el diario Clarín en su edición del 28 de septiembre. Así quedó al desnudo el secreto que Abuelas quería preservar. Y no se descarta que en ello haya existido por parte de dicho matutino alguna intencionalidad mediática, tal vez relacionada con la repercusión pública que por estos días tiene el caso Herrera Noble. Más allá de eso, la causa Vázquez Sarmiento, iniciada en 2002 a partir del testimonio de un represor, constituye un caso testigo por partida doble, puesto que aporta detalles inéditos sobre el plan sistematizado del robo de bebés durante la dictadura, y también echa una luz precisa acerca de la estrategia posterior de los apropiadores hacia sus botines vivientes. Esto último incluye operaciones psicológicas aplicadas en el ámbito de sus propias familias, la transmisión ideológica del apropiador al apropiado y los mecanismos de defensa ante los posibles embates de la Justicia. No en vano el robo de hijos de desaparecidos es un delito que no cesa hasta el momento exacto en el que la víctima recupera la identidad y el apropiador es condenado. Este caso –el del “Nieto 102”, como lo caratularon los medios– posee tales ingredientes. Por ese motivo, Miradas al Sur considera que esta es una historia que merece ser contada.

La sombra del pasado. En apariencia, era una familia muy normal. Durante la primavera de 2002, los Vázquez Sarmiento tenían una vida apacible. Doña Stella Maris ejercía con esmero las funciones propias de toda ama de casa. Y su esposo, Juan Carlos, quien ya frisaba los 60 años, solía mitigar las horas muertas del retiro con algún que otro trabajo ocasional. Con ellos aún vivía Ezequiel, de 24 años, el único fruto de aquel matrimonio, quien alternaba sus estudios de Ciencias Económicas con un empleo como personal civil de la Fuerza Aérea, en la que su padre ostentaba con orgullo el grado de suboficial mayor. Un orgullo, por cierto, que no incluía mayores detalles. Por tal razón, su primogénito desconocía los hitos más picantes de su carrera.
Entre 1977 y 1978, el entonces cabo primero Vázquez Sarmiento se desempeñó en la Regional de Inteligencia Buenos Aires, una unidad creada meses antes en la localidad de Morón, la cual dependía directamente de la Jefatura II de Inteligencia del Estado Mayor de esa fuerza. Su jefe máximo era el comodoro Roberto Sende. Y sus lugartenientes, el vicecomodoro Juan Manuel Taboada y el mayor Capracio Esperanza Sánchez. Desde allí operaba un grupo de tareas sumamente activo en la zona oeste, integrado por oficiales y suboficiales aeronáuticos. Entre estos últimos se destacaban Jorge Ángel Cóceres, Julio César Leston y un hombre regordete y pelirrojo, cuyo apodo era el Colorado; se trataba nada menos que de Vázquez Sarmiento. Éste, por cierto, cumplía un papel vital dentro de tal estructura, ya que centralizaba todas las informaciones de inteligencia. De ello se desprende la enorme confianza que gozaba entre sus superiores, al punto de que el mismísimo Sende solía agasajarlo con opíparas cenas en su propio domicilio. Desde luego, el Colorado no escatimaría ocasión de ufanarse por ello ante sus pares. Todos éstos, además de sus labores específicas en la Regional, participaban de secuestros, interrogatorios y ejecuciones.
El 15 de mayo de 1977, fueron atrapados en un bar de la localidad de Hurlingham la jover María Graciela Tauro, de 24 años, y su pareja, Jorge Daniel Rochistein, de 26. Ambos eran militantes montoneros. Ella estaba embarazada. Primero fueron vistos en la comisaría tercera de Castelar; luego, pasaron a las mazmorras de Mansión Seré. Recién en noviembre, cuando el embarazo de la mujer –a quien sus compañeros llamaban Raquel– estaba a término, se la condujo a la Esma, sitio al cual iban a parir las cautivas de la Fuerza Aérea. Quien coordinó ese traslado fue Taboada, quien era el nexo con los marinos para tales menesteres.
El suboficial Leston, además de haber participado en el secuestro de Graciela y El Hippie –como todos llamaban a Ricardo–, fue testigo de algunas circunstancias que ellos atravesaron en su cautiverio. Y sorprendentemente, tras ser detenido en 2002, haría un detallado relato sobre el calvario de la pareja y el de otras personas secuestradas. Tanto es así que con motivo de sus dichos, se pudo dar con el nieto de la vicepresidenta de Abuelas, Rosa Roisnblit, apropiado por el represor Francisco Gómez. Y sobre el caso Tauro-Rochistein no ahorraría ningún detalle. Ello, desde luego, fue el disparador de la causa abierta para recuperar al hijo que Graciela dio a luz en cautiverio.
Tal vez en ese preciso instante, Sánchez Sarmiento haya sentido una honda perplejidad ante la delación de Leston. Previamente había sido debidamente advertido ello, razón por la cual desde entonces se esfumó de la faz de la Tierra. Pero antes de ello, habría blanqueado parte de aquella vieja trama con Ezequiel. Al respecto, se sabe que semejante plática concluyó con un pedido de tipo académico:
–Dejá de estudiar Ciencias Económicas y anotate en Derecho –fueron sus exactas palabras.
–¿Para qué? ¿Para defenderte a vos? –fue, entonces, la pregunta de Ezequiel.
–No. Sos vos ahora el que se tiene que defender.
Dicho esto, el represor se lanzó a los escarpados caminos de la clandestinidad. Desde entonces permanece prófugo.

La sombra de una duda. Una cadena engrillada en el tobillo le impidía a Graciela alzar la pierna izquierda.
–¡Pujá! ¡Pujá, carajo! –ordenó con tono muy imperativo una voz masculina. El jadeo de ella se mezclaba con gritos de dolor.
–¡Seguí pujando! –continuó la voz, mientras una mano le cacheteaba el rostro. Ella lanzó otro grito que se fundiría con el llanto de un recién nacido. Éste fue alzado por un tipo vestido de blanco. En su actitud no había un ápice de dulzura. Con una mueca de asco le pasó la criatura a otra cautiva que lo asistió en el parto. El médico entonces cosió a la flamante mamá. Y se retiró de la improvisada sala de partos. Su nombre era Jorge Bagnacco. La otra mujer, finalmente, posó al bebé sobre el pecho de Graciela, y le dijo que era un varoncito. Los ojos de la madre se humedecieron, como si su ánimo oscilara entre la emoción y una profunda tristeza.
La escena transcurría en el casino de oficiales de la Esma. Luego ella sería llevada a una habitación del tercer piso. Allí la fue a ver otro secuestrado; su nombre, Juan Gasparini. En aquel breve encuentro –según éste declaró el 30 de abril de 1997, en el marco de la causa Esma–, ella le pidió que fuera el padrino de la criatura. Y él aceptó. Unos días después se la llevaron.
Tanto el destino del recién nacido como la ominosa muerte de su madre pudieron ser reconstruidos a través del testimonio efectuado ante la Justicia por el represor Leston. Sus palabras fueron:
“Me había enterado por comentarios que quien recibió la criatura fue Juan Carlos Vazquez Sarmiento. A la esposa la conocí en distintas reuniones sociales y familiares. Después de un tiempo, una noche en la que yo estaba de guardia en la Ragional, nos dicen que preparemos un coche para fraguar un enfrentamiento De ahí salió un Fiat 1600. Y después me enteré de que allí iban la chica Tauro y dos personas más, cuyos nombres no recuerdo; creo casi seguro que una de las dos personas era el chico Rochestein. En el auto salieron Taboada y otros suboficiales, y cuando vuelven, luego de unas horas, les preguntamos adónde habían ido, qué habían hecho, y nos dijeron que habían acribillado a esas personas dentro del coche. Sé que participó gente de la Jefatura II, uno que le decían Médico, no sé si era su apodo o era doctor en medicina. Fue en la Zeta de Castelar, cerca de las instalaciones del Inta”.
Ya se sabe que un cuarto de siglo después, las infidencias judiciales de Leston sacudirían la calma chicha de la familia Vázquez Sarmiento. En un primer momento, la causa judicial Nº 3521/02 estuvo a cargo de la jueza federal María Romilda Servini de Cubría. En ese expediente también era investigado el ex comandante en jefe de la Fuerza Aérea entre 1979 y 1981, Rubén Omar Graffigna, un íntimo del esposo de la magistrada, el brigadier retirado Juan Cubría. Sucede que el abogado del ex mandamás de la Aeronáutica era Roberto Calandra, quien, por cierto, patrocinaba también a Sánchez Sarmiento. Por lo tanto, no es difícil imaginar cómo el suboficial, antes de poner los pies en polvorosa, supo que estaba en el ojo de la tormenta. Lo cierto es que la doctora Servini de Cubría terminó apartándose de la causa.
El resto del aspecto procesal de esta historia es conocida. A partir de entonces, dicho expediente sería instruido por el juez Rodolfo Canicoba Corral. Y sus dificultades no fueron pocas. En 2008, dispuso el secuestro de cepillos de dientes en el hogar de Ezequiel. Sin embargo, las muestras de ADN fueron groseramente contaminadas por el jefe del operativo policial; éste no era otro que el subcomisario Carlos Garaventa, ahora sospechado de otros diez casos similares; entre ellos, el de Marcela y Felipe Herrera Noble. El caso se resolvió cuando el magistrado dispuso citar a Ezequiel a su despacho; allí el muchacho fue conminado a entregar su ropa. De ésta se extrajeron las muestras que finalmente determinaron su verdadera identidad.
Quien siempre debería haberse llamado Ezequiel Daniel Rochistein es ahora abogado, y sigue en la Fuerza Aérea. En medio de su difícil situación, recibió el apoyo de la ministra de Defensa, Nilda Garré. También comenzó a tomar contacto con sus familiares biológicos, en especial con su abuela materna, con la cual prometió pasar su cumpleaños. Su encrucijada, desde luego, es dolorosa, tan dolorosa como el acto mismo de nacer.

Fuente: Miradas del Sur

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