viernes, 13 de noviembre de 2009

HISTORIAS CORRENTINAS

de Guillermo González del Castillo

La historia es reciente, me la acaba de contar un tipo que anduvo por casa.

Barrio 17 de Agosto. Zona pobre, periférica, pero no tanto.
Gustavo es un chico de 17 años, vacío de afectos, con padre sexópata y madre abandónica. Gustavo –que se droga cada tanto para aplacar la soledad- sólo encuentra consuelo en su hermana, que es mayor que él y que a su modo lo tutela y orienta.
Un día golpea la puerta el primo chorro de la familia con el botín de un atraco reciente. Una cosa menor, insignificante; el chorrito no tiene donde dejarla. Gustavo y su hermana, después de algunos regaños, permiten que la guarde en casa.
Al día siguiente alguien avisa a la policía. Hay un allanamiento. Gustavo, al que la policía ya miraba de reojo por drogón, cae detenido como principal sospechoso del hurto.
Gustavo es menor, tiene apenas 17 años, pero como en el instituto que debe alojarlo no cabe un alfiler, es conducido a la Comisaría 18º. Da la casualidad de que en la celda contigua a la suya se encuentra detenido su padre por un caso de violación.
También a Gustavo lo violan. En la cárcel. Por un policía. Casi a la vista de su padre.
De alguna manera el pibe zafa, sale vivo de allí.
La macana es que en el barrio empieza a correr el rumor y al chico lo humillan, lo gastan.
Hasta que un momento Gustavo no da más, entra a su habitación, toma una soga, se la anuda contra el cuello y acaba con su dolor. La hermana lo descubre a las horas.
El padre sexópata sigue presidiendo la mesa familiar.
La madre mira a Tinelli todas las noches.
Y el policía violador sigue enrolado en la fuerza.

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